Aquel día me desperté a la hora de siempre. Era un hermoso día soleado. Me levanté y aproveché esas horas silenciosas para mi devocional, disfrutando de la quietud de la mañana mientras mi familia aún dormía. Con una taza de té bien caliente y sabroso en las manos, abrí la puerta de casa y, mientras contemplaba la vista, revisé mi planner y las actividades del día: organizar la casa, preparar la comida, cuidar la ropa, trabajar en el tribunal…
Pero algo se sentía diferente en el ambiente. En mi corazón percibí que no eran esas las actividades que necesitaban ser realizadas. Escuché una voz suave, una voz que conocía muy bien, hablándome con claridad sobre lo que debía hacer. Sin dudarlo, dejé el planner a un lado y pedí que mi siervo llamara inmediatamente a Barac. Cuando llegó, le dije exactamente lo que debía hacer y cómo Israel finalmente sería libertado. Él aceptó el desafío, pero con una condición: que yo fuera con él.
Yo fui. Pero, aunque estuve presente en el campo de batalla, no peleé su lucha. Al final, todos cantamos y celebramos. La victoria ya era evidente.
Entendiendo el cansancio y sus consecuencias
Querida amiga de ministerio, sé que, así como Débora, tú también tienes una agenda llena. En el ámbito del hogar, están los hijos, el esposo y la gestión de la casa. En el campo profesional, una lista interminable de demandas. Y, en el contexto ministerial, el peso de ser consejera, referente para los departamentos, el puerto seguro que escucha, orienta y apacigua conflictos, muchas veces mientras sostienes tus propias cargas para no desmoronarte.
A todo esto se suma la exigencia silenciosa —o no tan silenciosa— de que además debes estar radiante, hacer actividad física, tomar sol, tener las uñas y el cabello impecables y beber dos litros de agua al día. ¡Uf!
Ninguna de estas actividades es trivial o innecesaria. Pero, ¿cómo es humanamente posible hacerlo todo sin sucumbir al agotamiento? A veces miramos alrededor y parece que otras mujeres sonríen mientras cargan el doble. Sin embargo, la sobrecarga emocional es un proceso que comienza en la mente antes de manifestarse en el cuerpo.
Cuando intentamos mantener el control absoluto de todo, nuestro sistema cognitivo entra en un estado de “alerta constante”. Este estrés crónico inunda nuestro organismo de cortisol y adrenalina, manteniéndonos en un ciclo de lucha o huida que nunca termina. ¿El resultado? El cuerpo empieza a gritar porque la mente ya no tiene espacio para procesar.
Esta sobrecarga se manifiesta en tres dimensiones principales.
Síntomas emocionales: irritabilidad repentina —las famosas explosiones de enojo—, ansiedad persistente, una culpa incapacitante por “no poder con todo” y una fatiga mental que hace que tareas simples parezcan montañas imposibles de escalar.
Síntomas físicos: el cuerpo habla lo que la boca calla. Esto se traduce en insomnio —o un sueño que no restaura—, cambios en el apetito —comer en exceso para llenar el vacío o perder el hambre por el estrés—, dolores de cabeza frecuentes, desequilibrios hormonales que alteran el ciclo menstrual, caída del cabello y una disminución drástica de la inmunidad.
Síntomas espirituales: una sensación de “desierto”, donde la oración parece no pasar del techo, no por falta de fe, sino por falta de energía psíquica para conectarse.
Esta es una reacción natural a la sobrecarga, que se activa siempre que enfrentamos circunstancias que superan nuestra capacidad de afrontamiento.

¿Y ahora? ¿Qué hacer?
Pero ¿cómo relajarse y bajar el ritmo cuando el mundo parece depender de nosotras? ¿Hasta qué punto hemos confundido fuerza con acumulación, fe con sobrecarga y responsabilidad con agotamiento?
Todo debe comenzar en Dios. Él tiene una promesa para ti: “Vengan a mí todos los que están cansados y sobrecargados, y yo los haré descansar” (Mateo 11:28). Observa que Jesús no ofrece solo un descanso pasivo, sino alivio. En el griego, la palabra sugiere “dar nuevo aliento”. Dios no nos invita únicamente a entregar la carga, sino a reorganizar la vida bajo Su yugo, que es suave.
A veces decimos: “pero yo ya entregué y nada cambió”. ¿Será que realmente entregamos? El pastor Pavel Goia, al hablar sobre la oración, nos enseña que la verdadera entrega requiere tiempo y silencio. Él señala que muchas veces nuestra oración es una “lista de compras” y no un momento de escucha. Entregar la agenda a Dios significa permitirle tachar lo que no fue Él quien escribió. Es preguntar: “Señor, ¿qué es realmente mi responsabilidad y qué asumí por miedo a decepcionar a otros?”.
Quitar la sobrecarga exige, ante todo, discernimiento. Es la capacidad de mirar la batalla, como hizo Débora, y reconocer qué nos corresponde y qué pertenece a otros. No todo lo que está delante de nosotras es nuestra responsabilidad, aunque seamos capaces de hacerlo y, muchas veces, incluso mejor que otros.
Algo muy importante que necesitas comprender es que la sobrecarga emocional suele sostenerse en formas de pensamiento que repetimos a lo largo de la vida, muchas veces sin darnos cuenta ni cuestionarlas, como por ejemplo:
“Si yo no lo hago, nadie lo hará.”
“Descansar es señal de debilidad.”
“Ser una buena cristiana es estar siempre disponible.”
“No puedo decepcionar a nadie.”
A primera vista, estos pensamientos parecen expresiones de fe, fuerza, celo y compromiso. Pero cuando se viven sin discernimiento ni límites, dejan de ser virtudes y se convierten en fuentes de enfermedad emocional, espiritual y física.
Para vivir esto de manera práctica, podemos unir el cuidado de la mente con nuestra caminata con Dios a través de algunos pasos sencillos.
Organiza tus actividades en un papel o en una agenda. Visualizar lo que necesitas hacer ayuda a sacar el caos de la cabeza y colocar las tareas en su lugar: fuera de ti. Cuando planificas, decides qué merece tu tiempo y qué puede esperar, en lugar de ser atropellada por las urgencias de otros.
Evalúa con cariño cada actividad de tu lista y pregúntate: “¿Esto es realmente mi responsabilidad?”. Muchas veces, por amor o por costumbre, asumimos cargas que pertenecen a otras personas. Revisa qué puede ser retirado y devuelve a los verdaderos responsables las tareas que les corresponden. Permitir que el otro cargue con su propia responsabilidad también es una forma de respetar su crecimiento.
Mira tus compromisos y pregúntate con honestidad: “Si no hago esto hoy, ¿qué es lo peor que realmente puede pasar?”. Muchas veces descubrimos que el peso del “tengo que hacerlo” es una exigencia interna, y no una necesidad real ni una demanda de Dios.
Cuando aparezca la culpa por estar descansando, identifica esa voz que dice: “Estás siendo perezosa”. Sustitúyela inmediatamente por la Verdad: “Soy humana, tengo límites y mi cuerpo es templo del Espíritu Santo. Cuidarlo también es una forma de adoración”.
Antes de dormir, saca las preocupaciones de la mente y ponlas en el papel. Escribir ayuda a calmar la mente. Luego, en oración, dile a Dios: “Señor, esta lista ahora está en Tus manos. Acepto el sueño que Tú prometiste dar a Tus amados”.
Puede que te sientas tentada a creer que las tareas te dominan, pero en lugar de aceptar esa idea, toma la decisión consciente de asumir el control de tu agenda. No hablo de volver al hábito de querer controlar el mundo o a las personas, sino de ejercer el dominio propio, que es fruto del Espíritu.
Puede ser difícil al principio, especialmente si ya has ido demasiado lejos por el camino del agotamiento. Pero tu felicidad, tu bienestar y tu salud mental y espiritual valen el esfuerzo de recalcular la ruta. Así como Débora, tú puedes cumplir tu propósito sin perder la paz.
Autora: Nívia Crispim Ribeiro
Psicóloga Clínica
Especialista en EMDR y TCC




