Te sientes sola?

Hace tres décadas, yo estaba sentada en el parque con mis hijos pequeños, orando por una amiga. Siendo una persona introvertida, no suelo sentirme sola. Aun así, con mi familia lejos y sin otras familias jóvenes en nuestra pequeña iglesia, mi corazón anhelaba la amistad de otra mamá joven como yo.

No pasó mucho tiempo antes de que una madre llegara al parque, y nuestros hijos comenzaran a jugar juntos en el área de juegos. Su nombre también era Karen, y ella era la organista de la iglesia del pueblo. Empezamos a organizar encuentros entre los niños y, ahora, 30 años después, aún seguimos en contacto. Dios envió a la amiga que yo deseaba exactamente en el momento en que la necesitaba.

EL DESAFÍO DE LA SOLEDAD

La soledad surge cuando existe una diferencia entre lo que esperamos de nuestras amistades y la forma en que, en realidad, vivimos nuestras relaciones. Esto varía de persona a persona, ya que cada uno tiene expectativas diferentes y experimenta sus vínculos de manera única. Para algunas esposas de pastor, la soledad puede ser uno de los mayores desafíos de la vida ministerial. Los cambios frecuentes, la distancia de la familia, las rutinas intensas en la iglesia, las diferencias culturales e incluso los mensajes confusos sobre cómo relacionarse con los miembros pueden dificultar la construcción y el mantenimiento de vínculos importantes y acogedores, esenciales para nuestro bienestar.

Los seres humanos fuimos creados para vivir en conexión. Incluso en el Edén, un mundo perfecto donde Adán hablaba cara a cara con su Padre, Dios declaró que no era bueno que él estuviera solo (Génesis 2:18). Investigaciones recientes también destacan los riesgos de la soledad. Cuando nos sentimos solos, nuestra inmunidad puede disminuir, aumentando la probabilidad de infecciones y enfermedades. La soledad crónica puede ser tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos al día. Afecta nuestra salud mental, física y espiritual. Jesús enseñó que los dos mandamientos más importantes son amar a Dios y amar al prójimo, porque sabía que estas relaciones son esenciales para nuestro bienestar (Mateo 22:36-40).

Vale recordar que lo que es profundamente solitario para una persona puede no ser percibido de la misma manera por otra. Por eso, si te estás sintiendo sola, es importante reflexionar sobre cómo defines la soledad. ¿Está relacionada con la cantidad de amigos que tienes o con el tiempo que pasas con ellos? Luego, piensa en el tipo de relaciones que podrían ayudarte a sentirte más conectada. ¿Qué es lo que más necesitas recibir de los demás para experimentar cercanía y disminuir esa sensación?

TU NO ESTÁS SOLA

Incluso cuando nos sentimos solas, no estamos solas en esta experiencia. Muchas personas pasan por esto. Incluso las personas extrovertidas, rodeadas de amigos, pueden sentirse aisladas, mientras que una persona introvertida puede estar simplemente buscando un amigo verdadero. Algunas esposas de pastor buscan conectarse con otras esposas de pastor adventistas. Otras encuentran amistades en sus comunidades cristianas locales. También hay quienes participan en gimnasios, clubes o organizan actividades como clases de cocina o manualidades en casa. Y hay quienes aprenden a cultivar buenas amistades dentro de su propia iglesia. Cada persona encuentra su propio camino para construir las conexiones que necesita.

Diversos personajes bíblicos también experimentaron la soledad. Elías se sintió solo al pensar que era el único profeta en Israel (1 Reyes 18:22). David expresó su soledad al escribir el Salmo 142. Jesús enfrentó momentos de profunda soledad en el jardín de Getsemaní. La mujer samaritana, Zaqueo, la mujer sorprendida en adulterio, los leprosos y la mujer con flujo de sangre también vivieron el aislamiento social. No hay vergüenza en sentirse solo. Es una experiencia humana común que nos impulsa a buscar conexión y amistad. La vida es compleja, y nos volvemos más fuertes, felices, saludables y seguros cuando compartimos habilidades, sabiduría, emociones y recursos. Cuando reconocemos nuestra soledad, damos el primer paso para acercarnos a otros que también se sienten así, en lugar de esperar a que alguien venga a nosotros.

Aquí hay algunas prácticas que pueden ayudar a aliviar la soledad.

Recuerda que Dios está contigo. Nuestro Padre amoroso sabe que no es bueno que estemos solos y nos asegura que siempre está a nuestro lado, sin abandonarnos nunca (Deuteronomio 31:8; Romanos 8:38, 39). Puedes, por ejemplo, programar recordatorios a lo largo del día para acordarte de la presencia de Dios. Imagina conversaciones con Él, comparte tus pensamientos y también reserva momentos para escuchar. O simplemente abrázate y imagina que Jesús te está abrazando.

Reevalúa tus amistades. Haz una lista de amigos, tanto del pasado como del presente. ¿Qué relaciones te fortalecieron y te llenaron de energía? ¿Y cuáles te desgastaron? ¿Hay amistades que valen la pena retomar o volver a nutrir — incluso a la distancia? Procura mantener conversaciones en línea con regularidad, compartir peticiones de oración, leer el mismo devocional y comentar sus reflexiones, o incluso realizar actividades juntas. También pueden unirse por una causa y contribuir en conjunto.

Observa a tu alrededor. Jesús tenía una mirada atenta hacia quienes estaban en los márgenes de la sociedad y de las multitudes. Pídele a Dios que te muestre quién, a tu alrededor, necesita amistad. Tal vez esas personas necesiten alguien que las escuche, un abrazo, una palabra de ánimo o ayuda práctica. Puede que solo necesiten sentirse vistas e importantes, o tener a alguien con quien compartir intereses y pasatiempos. Escucha sus historias, descubre lo que les gusta y practica actos de bondad de manera intencional. Muchas veces, es más fácil crear lazos con quienes son nuevos en la iglesia o en la comunidad.

Esparce bondad. La amabilidad es un poderoso antídoto contra la soledad y la tristeza. Cada vez que realizamos actos de bondad, por pequeños que sean, estimulamos la liberación de oxitocina, la hormona que favorece los vínculos y genera una sensación de acogimiento, paz y alegría. Incluso cuando ayudamos a alguien de manera anónima, podemos experimentar esa sensación de conexión y bienestar que normalmente proviene de las amistades cercanas.

Inicia una misión contra la soledad. Uno de los mayores regalos que podemos ofrecer a nuestra comunidad son iniciativas que acerquen a las personas solitarias. Tu iglesia puede organizar cenas vegetarianas, encuentros de manualidades por la tarde o grupos de caminata. Estas iniciativas crean oportunidades de conexión, cuidado y compañía. Al participar, procura construir relaciones y llevar alegría y bondad a la vida de las personas.

La soledad puede ser una fuente de sufrimiento, pero también puede convertirse en un punto de partida para la creatividad y la práctica del bien. Incluso si no te sientes sola en este momento, mantente atenta a quienes te rodean y pueden estarlo, y permítete ser un canal del amor de Dios para alcanzar sus corazones.

Texto extraído de la Revista Together - 2023

Karen Holford fue una de las esposas de pastor más tímidas del mundo cuando se casó con su esposo, Bernie. Con su cuidado, amor y amistad, ella llegó a ser directora de los Ministerios de la Familia, de la Mujer y del Niño de la División Transeuropea.