Un Dios que nos cuida
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen y los defiende” (Salmos 34:7). Era un sábado frio de invierno. Mi sangre tropical todavía no se acostumbraba a las bajas de temperaturas de la zona austral de Chile y me costaba mucho mantener la chimenea prendida. Mi esposo estaba haciendo una semana de […]
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen y los defiende” (Salmos 34:7).
Era un sábado frio de invierno. Mi sangre tropical todavía no se acostumbraba a las bajas de temperaturas de la zona austral de Chile y me costaba mucho mantener la chimenea prendida.
Mi esposo estaba haciendo una semana de evangelismo en una ciudad lejana, y junto a mis pequeños hijos de uno y cuatro años nos dispusimos a ir a la iglesia solos.
Como padres nos habíamos propuesto que nada impediría que cada sábado nuestros hijos asistan a la Escuela Sabática, y me sentía contenta de haber salido temprano con ellos a pesar del terrible clima.
Después de almorzar nos sentamos en el sillón de la sala y nos acomodamos para ver una película bíblica.
Sentía tanto frío que se me ocurrió abrir la pequeña puerta de la chimenea y acercarme un poco al fuego para recibir más calor. De repente me di cuenta que algo se estaba quemando, era el borde inferior de mi falda. El fuego empezó a aumentar rápidamente. Intenté bajar el cierre de mi falda para sacarla pero era imposible, el cierre estaba atascado. Tratando de mantener la calma me dirigí al baño a buscar agua, el fuego creció mucho más. Pensé en meterme a la ducha, pero tenía miedo que la cortina de tela del baño se encendiera también. Pensé en pedir ayuda, pero sabía que mis dos vecinos habían salido de viaje. Entonces ocurrió lo peor, empecé a sentir como el fuego quemaba mi pierna, la desesperación me invadió, pensé en mis hijitos, en la casa ardiendo en llamas y que nadie podría ayudarme. Con gran temor elevé un clamor a mi Señor: “Por favor Jesús auxíliame, solo te tengo a ti”.
Sentí el dolor en mi piel, realmente me estaba quemado. Salí corriendo por la cocina pensando en revolcarme en el pasto mojado, pero Dios tuvo compasión de mí y me extendió su ayuda. No sé cómo, pero milagrosamente estaba en la cocina un tremendo recipiente lleno de agua esperando por mí.
Nunca olvidaré ese sábado. Nunca olvidaré lo que se siente quemarse, pero más aún, nunca olvidaré como Dios me cuidó y me protegió. Les invito a buscar y a confiar en este Dios poderoso que está con nosotros todos los días, pero especialmente el sábado.
Carla Ortega de Cancino
Iglesia Brisas del Zaracay
Santo Domingo de los Tsachilas
Unión Ecuatoriana