Sueños más grandes
“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” Apocalipsis 2:10

“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” Apocalipsis 2:10
Modesto, un cristiano comprometido, por más de tres años, todos los domingos caminaba 20 kilómetros para visitar los hogares en el barrio de Viriato en Teófilo Otoni, Brasil, distribuyendo literatura cristiana que compraba con sus propios recursos.
Cuando se sintió incapaz de hacer todo el trabajo que tenía, decidió pagarle a un obrero bíblico para que lo ayudara en este asunto de hablar de Jesús a otros. Un día, le dijo a su esposa: “Angelina, tenemos que construir una iglesia en Viriato, porque hay mucha gente que precisa conocer más a Dios”. La esposa, motivada como Modesto, resolvió invertir en un terreno. En ese tiempo, infelizmente, Modesto se enfermó. En el hospital, lo que le daba más placer, era soñar con la construcción de la iglesia. Le pidió a un amigo que fuera un “Moisés” para encargarse de la construcción.
Modesto, muy débil le hizo prometer a sus hijos que no le darían una sepultura muy costosa, lo más simple posible, y que el resto del dinero sería para la construcción de la iglesia. En ese momento, sus hijos se reunieron y tomaron la decisión de construir la iglesia. El primogénito asumió la responsabilidad de liderar la construcción, y los demás se comprometieron con US$ 35.000,00. Evaluando mejor el terreno que ya tenían, llegaron a la conclusión de que no sería el mejor lugar, y comenzó la búsqueda por un terreno con mejor localización y disposición geográfica. Un tío, más capacitado en el área de los inmuebles y guiado por el Espíritu Santo, consiguió cerrar un negocio por US$ 16.000,00. Fueron invertidos en la construcción de la iglesia más de US$ 125.000,00.
La iglesia, con tres pisos, fue inaugurada después de tres años de la muerte de Modesto. El sueño fue realizado, pero la obra final va más allá de lo que Modesto podía imaginar, y el alcance de la verdad en aquella comunidad, solamente en el cielo se nos revelará. Vale la pena soñar los sueños de Dios.
Gilca Marques Fonseca, USeB