La paciencia y la misericordia de Dios
Gustad y ved cuán bueno es Jehová; dichoso el hombre que confía en él. Salmos 34:8. Me llamo Evelin Pereira, tengo 30 años, vivo en Progreso, Canelones, Uruguay. Conocí la Iglesia Adventista a los 13 años, pero no entendía mucho. Iba a las clases para niños los sábados de tarde. Mi madre y mi hermana […]

Gustad y ved cuán bueno es Jehová; dichoso el hombre que confía en él. Salmos 34:8.
Me llamo Evelin Pereira, tengo 30 años, vivo en Progreso, Canelones, Uruguay.
Conocí la Iglesia Adventista a los 13 años, pero no entendía mucho. Iba a las clases para niños los sábados de tarde. Mi madre y mi hermana también comenzaron a asistir.
Pasaron dos años y los jóvenes de la iglesia fueron a visitarme para que asistiera, pero yo no tenía interés. En ese tiempo mi hermana estudiaba la Biblia y asistía a la iglesia con mi madre. Yo iba un sábado de vez en cuando, solo para que mi madre me dejara salir a bailar de noche. Cuando los jóvenes iban a casa, yo me encerraba en mi cuarto y escuchaba música. No los atendía, solo los saludaba y luego me retiraba. Así fue durante varios años.
Cuando tenía 22 años, en noviembre de 2005 falleció mi padre, Fue un golpe muy duro para toda la familia porque sucedió de repente. Después de un mes un amigo llamado José me invitó a una reunión en la Iglesia de Las Piedras. Era una semana de reavivamiento, donde predicaba el Pastor Arturo Caballero y asistí varias noches.
El día sábado hizo un llamado y decidí levantar la mano. Luego me invitó a pasar al frente y allí comenté que hacía un mes que mi padre había fallecido. Los hermanos se me acercaron y me ofrecieron estudiar la Biblia, y lo hice. Me bauticé el 26 de agosto de 2006, y continúo sirviendo a Dios.
Lo que más me atrajo de la Biblia fue el estudio sobre el estado de los muertos. El me dio tranquilidad porque supe que mi padre duerme y nada sabe, hasta el día en que el Señor Jesús lo llame.
Una experiencia de fe fue confiar en Dios cuando mi hermano se enfermó gravemente, pocos días antes de mi bautismo. Con mi madre y hermana ayunamos. Todas las noches nos reuníamos para cantar y orar, y Dios hizo un milagro. Cuando yo me bauticé mi hermana ya no estaba interesada en Dios ni en la iglesia, pero hace ya cinco años que se bautizó. Dios fue arreglando todo. Estoy tan agradecida al Señor por su gran amor y misericordia y porque responde las oraciones de sus hijos.
Evelin Pereira
Unión Uruguaya