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“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” Salmo 37: 25


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“Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan” Salmo 37: 25

A Andréia Lucini no le gustaba hablar del tema del dinero. Un día comenzó a estudiar la Biblia y estaba satisfecha con las respuestas encontradas hasta el momento hasta cuando comenzó los estudios sobre el diezmo y las ofrendas. Pensaba que había algo equivocado, no podía ser que Dios le exigiera tanto dinero cuando su salario era tan poco. Entendía el diezmo como una disminución de su salario en vez de una devolución a Dios. Pero confiando en la Biblia y deseosa de hacer la voluntad de Dios, comenzó a devolver el diezmo y las ofrendas, incluso antes de ser bautizada. Al principio, devolvía con el corazón apretado y triste, hasta que leyó en la Biblia que “el Señor ama al dador alegre” (2 Cor. 9:7) Este pasaje la hizo reflexionar profundamente en sus motivos y en cómo el actuar de esa forma perjudicaba su confianza en Dios.

Entonces comenzó a orar y pedir para sentir alegría en devolver lo que ya era del Señor. Después leyó Hechos 2:44 y 45 sobre los primeros cristianos, que por amor a Dios y por la predicación del evangelio daban todo lo que tenían. Aquella reflexión fue una divisoria de aguas en su vida. Buscó fervorosamente a Dios y le pidió que fuese misericordioso y que la ayudara a cambiar su opinión y a aprender a devolver con alegría. Tuvo muchas luchas internas, pero siempre buscaba la presencia de Dios, reclamando la promesa de amparo y socorro. El tiempo fue pasando hasta que Andréia desarrolló un espíritu de generosidad y amor por la obra del Señor.

Las circunstancias de su vida no fueron muy fáciles, pero aún en los momentos difíciles, como cuando estaba embarazada y sin trabajo, o cuando no tenía los recursos para cuidar de su hija mayor que sufría de cáncer, no dudó, sabía que Dios la estaba cuidando. Se acuerda de cómo Dios acudió en su amparo, enviando personas generosas que le dieron una ayuda importante para su hija, de la generosidad de hermanos y amigos de la iglesia que juntaron recursos para los cuidados de su hija enferma, que ahora está plenamente curada y feliz.

Hoy Andréia tiene un buen empleo y tiene una casa donde vivir con su familia. Pero, lo más importante es que aprendió que Dios no necesita de nuestros recursos. Lo que él desea es un corazón sumiso, dispuesto a ver sus obras de amor en nuestra vida. Su ofrenda es de gratitud por todo lo que Dios ya nos concedió y por el don de la vida eterna que un día él nos dará ¡Piense en esto!

Andréia Cristina Lucini, UCOB

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