Hace algún tiempo, el conserje de un museo de arte encontró un cuadro viejo, deteriorado y sucio en un cuarto de desechos. Antes de que pudiera tirarlo a la basura, el director del museo decidió echarle un último vistazo. Como no estaba seguro de su valor, lo envió a un restaurador. El trabajo del restaurador fue tan perfecto que muchos de los que habían visto antes el cuadro se preguntaron si era realmente el mismo. Finalmente se descubrió el secreto de tal perfección: la firma indicaba que el artista era el padre del restaurador.