Rodeado por la misericordia
“He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” Isaías 59:1
“He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” Isaías 59:1
Nació en un hogar cristiano, y desde pequeño aprendió que el verdadero significado de la vida está en servir a Dios y guardar sus mandamientos.
Gilmar creció, tuvo oportunidad de estudiar y consiguió un buen trabajo, después que adquirió estabilidad financiera, se acostumbró con la rutina tranquila de su vida. Todo transcurría naturalmente, tenía salud, un buen trabajo, una casa para vivir. Mientras vivía inmerso en su rutina, no se dio cuenta de que la religión también entró en una aburrida rutina, comenzó a sentirse indiferente y a perder interés por las cosas espirituales. Su confianza en Dios se estaba debilitando y eso se evidenció en la irregularidad en devolver el diezmo y las ofrendas.
Mientras vivimos en este mundo, rodeados de actividades que muchas veces terminan minando nuestra comunión con Dios, es fácil olvidarnos a quien pertenecemos y abandonar los principios que nos llevan más cerca de Dios. Felizmente, nuestro Padre celestial está con los ojos bien atentos y nuestra vida no pasa desapercibida. Él nos busca, su anhelo es nuestra salvación.
Así, en la década del 90, mientras Gilmar trabajaba en el área alimenticia (compraba productos congelados y los revendía), el Espíritu Santo le habló al corazón. Comenzó a meditar, en medio de la correría del día a día, en la protección que recibía de Dios diariamente. Reflexionó cuán buena había sido guiada su vida, y pensó “con Dios todo funciona bien”. Entonces oró y tuvo la idea de que cada moneda que recibiera en aquel día, se la devolvería a Dios como ofrenda de gratitud por sus cuidados.
Al hacer sus ventas en aquel día, un cliente que acostumbraba a pagarle con vales de alimentación, le dijo que no tenía especies para pagarle las compras, solo tenía monedas. ¡Qué gran lección Dios le enseñó en aquel día! Gilmar pasó un tiempo razonable separando las monedas, pidiendo perdón por su falta de fe, agradeciendo a Dios por escuchar sus oraciones y renovando su pacto de fidelidad con Dios.
De una forma impactante, el Espíritu Santo tocó el corazón de Gilmar, sintió la necesidad de buscarlo verdaderamente y vivir constantemente en su presencia. También se convenció que, en medio de nuestras debilidades, tenemos un Dios que nos ama y que está cerca para ayudar, levantar y animar al más pecador, al no creyente y al que más se equivoca.
¿Qué cosas están minando tu comunión? ¿Qué tal entregárselas ahora al Salvador, convencido de que en este día santo, el Señor escuchará tu oración y extenderá su mano para inundar tu vida con su gracia y misericordia?
Gilmar da Silva Alves, UCB