Jóvenes

Fuerza Para Amar

El amor tiene el extraño poder de cautivar. El amor engendra amor. Nadie resiste al magnetismo del amor, y una de las grandes verdades bíblicas es que Cristo nos amó de tal manera que lo mínimo que podemos hacer es amarlo también. Pero, ¿por qué el ser humano no consigue amar a Dios? ¿Sabes lo que sucede? A veces, es porque no entendemos lo que Él hizo por nosotros. Constantemente decimos que él murió en la cruz para salvarnos, pero me temo que no entendemos plenamente lo que eso significa. Hemos oído tantas veces esa frase desde niños, que es posible que nos hayamos familiarizado tanto con ella al punto de perder su verdadero significado.

Hace años, en la universidad donde yo estudié, fui testigo de una hermosa historia de amor. Uno de los jóvenes más feos del seminario se casó con una de las señoritas más bonitas. Ella era una de las jóvenes que habían llegado aquel año por primera vez. Los muchachos más apuestos, más hermosos, inteligentes y comunicativos fueron desfilando, uno a uno, intentando conquistarla, sin éxito. Un día un colega me buscó, y me dijo:

-Estoy con problemas.

-¿Cuál es tu problema?

 -Estoy enamorado. 

-¡Felicitaciones! Eso es fabuloso, eso no es un problema.

-Espera un minuto -dijo él-, es que me estoy refiriendo a aquella chiquilla. 

Se me cortó la sonrisa, y murmuré: -Bueno, ahí sí, eso es ciertamente un problema. 
Tú sabes que los muchachos más apuestos y seductores del colegio no consiguieron nada. ¿Te parece que ella te va a mirar a ti?

 -Lo sé -dijo el muchacho, triste-, lo sé muy bien, pero, ¿qué puedo hacer si la amo?

Los meses fueron pasando, y el amor fue creciendo en silencio dentro del corazón de aquel joven. A mitad del año escolar, de repente corrieron rumores de que ella abandonaría el colegio porque no podía pagar las mensualidades. Nuestro amigo se presentó al gerente del colegio y se ofreció para pagar las cuentas de la joven con el dinero que él había ganado vendiendo libros. Naturalmente, eso significaba para él la pérdida de un año de estudios. El gerente trató de disuadirlo. Pero no lo consiguió. “El dinero es mío, y yo quiero pagar las cuentas de ella. Y, por favor, no quisiera que ella llegara a saber quién es el que pagó”. Así que fue él quien tuvo que abandonar el colegio aquel año para vender más libros y continuar estudiando al año siguiente.

Algunos meses más tarde me escribió una carta conmovedora. “Dices que no vale la pena el sacrificio que estoy haciendo, que ella nunca me mirará. Lo que tú no sabes es que yo la amo y no puedo permitir que ella pierda un año de estudios. Yo la amo. No importa si ella nunca llega a mirarme. Yo me siento feliz haciendo esto por ella”.Al año siguiente regresó al colegio. Su amor estaba más maduro. Tenía certeza de lo que sentía, y un día se armó de coraje y le habló. Le abrió el corazón, y le declaró sus sentimientos. Fue un momento muy triste. Ella no sólo rechazó la propuesta sino que, además, lo trató mal. Alguien buscó entonces a la joven, y le dijo: “Oye, tienes el derecho de decir no, pero podías haber sido más delicada con él. No necesitabas herirlo. Es verdad que es un muchacho simple, casi insignificante, sin ningún atributo físico, sin facilidad de palabra, pero él te ama tanto que el año pasado perdió el año de estudios para que tú no tuvieras que abandonar el colegio; y todo eso lo hizo sin que tú lo supieras, sin esperar nada, solamente porque te ama”. La joven quedó en estado de choque. Lloró. Le preguntó al gerente si era verdad, y al tener la confirmación, se sintió herida y humillada. Meses después aquel muchacho anunció a sus compañeros: “Estoy noviando con ella”. Todo el mundo comenzó a pensar: “Es por lástima”. “Es por compasión”. Pero un día ella me dijo una cosa bonita. “Al principio, cuando descubrí lo que había hecho por mí, me sentí perturbada, fastidiada, ofendida. Pero a medida que el tiempo pasaba, comencé a pensar con más calma, y me pregunté a mí misma: “¿Acaso podría encontrar en este mundo a un joven que me ame tanto, al punto de sacrificar en silencio un año de estudios sin esperar nada, incluso sin querer que yo supiera el sacrificio que estaba haciendo?” Entonces llegué a una conclusión: “¿Cómo tendría el coraje de no amar a alguien que me ama tanto?” Esa frase merece ser puesta en un marco de oro. “¿Cómo tendría el coraje de no amar a alguien que me ama tanto?”

El día en que comprendamos lo que realmente sucedió aquella tarde en la cruz del Calvario, nos haremos, sin duda, la misma pregunta.Pero, ¿qué fue lo que aconteció allí? Vayamos con nuestros ojos al Jardín del Edén. Al crear Dios al ser humano, le dio una orden: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. (Génesis 2:16,17) Esa orden contenía el principio de la retribución; en otras palabras, la obediencia merece vida, y la desobediencia merece muerte. El hombre pecó. Todos nosotros pecamos y, en consecuencia, nuestra recompensa debía ser la muerte. Teníamos que morir. 

“La paga del pecado es la muerte”, (Romanos 6:23) pero sucede que el ser humano no quiere morir. Clama, y pide perdón. “Padre, perdóname”. ¿Acaso sabe él lo que está diciendo? “Padre, yo pequé, merezco morir pero, por favor, no quiero morir”. Esta súplica del hombre le crea un conflicto a Dios, porque él es Dios, y su palabra no cambia. Si el hombre pecó, tiene que morir, pero él ama al ser humano, y no puede permitir que el hombre muera. ¿Qué hacer? Si hubo pecado, tiene que haber muerte, y “sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. (Hebreos 9:22) El hombre no quiere morir; en ese caso, algún otro tiene que morir.Alguien tiene que pagar el precio del pecado en lugar del ser humano. Y ahí aparece la figura majestuosa del Hijo. El dice: “Padre, el hombre merece la muerte porque pecó, pero antes de cumplir la sentencia quiero ir a la Tierra como hombre y vivir con él; quiero asumir su naturaleza, experimentar sus conflictos, sus tristezas, sus alegrías y sus tentaciones”. Por eso fue que Cristo vino a este mundo como un niño. El no solamente parecía humano. El era un humano de verdad. Como tú y como yo. Tuvo las mismas luchas que tienes tú y, a veces, se sintió solo e incomprendido como tú. Experimentó tus tentaciones, es por eso, y no simplemente porque es Dios, que él está más dispuesto a amarte y comprenderte que a juzgarte y condenarte. El Señor Jesús vivió en este mundo 33 años. La Biblia dice que “fue tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin pecado”(Hebreos 4:15). Ahora bien, si vivió en este mundo como hombre, y como hombre fue tentado y no pecó, por el principio de la retribución merece la vida. Ahora vamos a imaginar un diálogo entre Cristo y su Padre. “Padre -dice Cristo después de haber vivido en este mundo-, yo viví en la tierra como un ser humano, y fui tentado en todo, pero no pequé. Como ser humano gané el derecho a la vida. El hombre, por el contrario, pecó y merece la muerte. No obstante, Padre, el principio de la retribución no impide que haya una sustitución, una permuta. Siendo así, la muerte que el hombre merece, quiero morirla yo, y la vida que yo merezco, porque no pequé, quiero ofrecérsela a él”. Eso fue lo que sucedió en la cruz del Calvario. Un canje de amor. Alguien murió en nuestro lugar. Alguien murió para salvarnos.

 

Mensaje extraído del libro ¨Conocer a Jesús es Todo¨, del Pr. Alejandro Bullón. 


Pr. Alejandro Bullón



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