Ministerio de la Familia

MI PASIÓN: SALVAR Y SALVARME

Un periodista entrevistó al cabo Pinho y le preguntó: “¿Cuál es la pasión que moviliza tu vida?”. Pinho era bombero en Río de Janeiro, y había rescatado a un hombre llamado Marcelo, casi muerto, de debajo de los escombros en la tragedia del derrumbe de los tres edificios en el centro carioca en enero 2012. Ante esa pregunta, el cabo contestó: “Siempre que corro en dirección a la tragedia, una sola idea moviliza mi vida, esa es mi pasión: salvar y salvarme”. Cuántos como Marcelo están al borde de la muerte, debajo de los escombros de este mundo de pecado y necesitan imperiosamente acciones decididas, llenas de valentía, urgente y prioritarias para ser rescatados. Tenemos que vivir para salvar y salvarnos, esta debe ser nuestra pasión y el movilizador de nuestra existencia.
Salvar a otros y salvarnos a nosotros mismos, son acciones que están íntimamente relacionadas, son aspectos de una misma experiencia. Nadie puede disfrutar de manera egoísta de la salvación sin asumir un compromiso de salvar a otros. No es posible vivir para salvar a otros si nosotros mismos no nos gozamos en la salvación por los méritos de Jesús. Por la gracia de Dios necesitamos salvar nuestra vida, salvar nuestra familia y juntos vivir para salvar.
Un ángel se le apareció a una joven llamada María, y le anunció que era favorecida, pues había sido elegida para ser la madre del Hijo de Dios y había concebido por obra del Espíritu Santo. María tenía que enfrentar a José y a la sociedad con un relato poco creíble. Sin embargo, sin sombra de dudas su respuesta fue: “Aquí está la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38). Cuando 30 años más tarde fue testigo en las bodas de Caná del primer milagro de Jesús, al acercarse los discípulos pidiendo su intervención, ella mantuvo el mismo perfil y actitud. Dijo: “Haced todo lo que él diga”. Aceptó la salvación y vivió para salvar.
Y, qué decir de María de Betania, quien en cierta ocasión tuvo que optar entre servir a su amigo Jesús, lo que era una honrosa tarea, o sentarse a sus pies a escucharlo. Tuvo que enfrentar el reclamo de su hermana y quebrar las mínimas leyes de la cortesía y solidaridad para elegir lo mejor. Lo más importante y lo único realmente transcendente y relevante es “la buena parte, esa que nadie podría quitarle”. Sentarse a escuchar a Jesús. Escuchar es mucho más que oír. Para oír es suficiente no ser sordo; para escuchar hay que abrir el alma, recibir a la persona que habla, olvidarse de uno mismo y vivir para el otro. María priorizó la comunión para cumplir la misión.
Sentémonos primero a los pies de Jesús para fortalecer nuestra comunión con él, reforcemos nuestra comunión familiar, unos con otros, y así juntos vivir para salvar familias. Que nuestra pasión sea salvarnos y salvar.
Bruno Raso es teólogo y vicepresidente de la Iglesia Adventista en ocho países sudamericanos

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