Escuela Sabática

Lección 08: Para el 24 de noviembre de 2018

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: 

Hechos 4:8-12; Hechos 1:11; Mateo 25:1-13; Hebreos 9:11, 12; Éxodo 20:8-11; 1 Corintios 15:51-54.

PARA MEMORIZAR:

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech. 4:12).

En 1888, los adventistas del séptimo día experimentaron un período de intenso debate sobre las interpretaciones de algunos textos bíblicos clave. Mientras que los pastores y los dirigentes de la iglesia debatían la

identidad de los diez cuernos de la profecía de Daniel 7 y de la ley en Gálatas 3:24, muy pocos se dieron cuenta de que sus actitudes hostiles recíprocas destruían su comunión y amistad, y así dañaban la unidad y la misión de la iglesia.

Elena de White lamentó profundamente esta situación y alentó a todos los que participaban de estas discusiones a considerar cuidadosamente su relación con Jesús y cómo el amor a Jesús debería demostrarse en nuestra conducta, especialmente cuando discrepamos. También dijo que no deberíamos esperar que toda la iglesia concuerde en cada punto de interpretación de todos los textos bíblicos.

Pero también enfatizó que debemos buscar la unidad de interpretación cuando se trata de creencias adventistas esenciales (ver El otro poder, pp. 28-32). Esta semana consideraremos algunas enseñanzas bíblicas esenciales que nos hacen adventistas y que le dan forma a nuestra unidad en la fe.

 

SALVACIÓN EN JESÚS

Aunque como adventistas del séptimo día tenemos mucho en común con otras organizaciones cristianas, nuestro conjunto de creencias forma un sistema único de verdades bíblicas que nadie más en el mundo cristiano está proclamando. Estas verdades nos ayudan a definirnos como el remanente de Dios en el tiempo del fin.

Lee Hechos 4:8 al 12 y 10:43. ¿Qué importancia le asigna Pedro al lugar de Jesucristo en su interpretación del plan de salvación?

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El apóstol Pablo les dio a los corintios la buena noticia de “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19). La muerte de Cristo es nuestra reconciliación con el Padre, que une el abismo dejado por el pecado y la muerte. Durante siglos, los cristianos han reflexionado sobre el significado de la muerte de Jesús, la resurrección y la reconciliación que vino a cumplir. Este proceso de reconciliación se ha denominado expiación, que denota armonía en una relación; y cuando ha habido distanciamiento, esta armonía sería el resultado de la reconciliación. Por lo tanto, la unidad de la iglesia es un regalo de esta reconciliación.

¿Qué enseñan los siguientes pasajes acerca del significado de la muerte y la resurrección de Jesús?

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Rom. 3:24, 25

1 Juan 2:2
1 Juan 4:9, 10

1 Ped. 2:21-24

Aunque compartimos con muchas otras organizaciones cristianas esta creencia en la muerte y la resurrección de Cristo, la proclamamos en el contexto del “evangelio eterno” (Apoc. 14:6), parte del mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14:6 al 12. Como adventistas del séptimo día, ponemos énfasis en estos mensajes como ninguna otra organización cristiana.

¿Cómo puedes aprender a tener presente en todo momento la realidad de la muerte y la resurrección de Cristo y la esperanza que ofrece?

 

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

Los apóstoles y los primeros cristianos consideraban que el regreso de Cristo era “la esperanza bienaventurada” (Tito 2:13), y esperaban que todas las profecías y las promesas de la Escritura se cumplieran en la segunda venida de Jesús. Los adventistas del séptimo día aún se mantienen firmes en esta convicción. De hecho, nuestro nombre, “adventista”, lo indica inequívocamente. Todos los que aman a Cristo esperan con gran ilusión el día en que podrán encontrarse cara a cara con él. Hasta ese día, la promesa de la segunda venida de Cristo ejerce una influencia unificadora sobre nosotros como pueblo de Dios.

¿Qué enseñan los siguientes pasajes sobre cómo será el regreso de Cristo? ¿En qué difiere esto de algunas nociones populares sobre su regreso?

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Hech. 1:11

Mat. 24:26, 27

Apoc. 1:7
1 Tes. 4:13-18

Apoc. 19:11-16

La Biblia asegura repetidas veces que Jesús vendrá nuevamente a llevar a su pueblo redimido. No se debería especular con el momento en que ocurrirá este hecho, porque Jesús mismo dijo: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre” (Mat. 24:36). No solo no sabemos cuándo regresará Cristo, sino también se nos dijo que no sabemos.

Al final de su ministerio, Jesús contó la parábola de las diez vírgenes (Mat. 25:1-13) para ilustrar la experiencia de la iglesia mientras espera la Segunda Venida. Los dos grupos de vírgenes representan dos clases de creyentes que profesan esperar a Jesús. Someramente, estos dos grupos parecieran ser iguales; pero cuando se demora la venida de Jesús, la verdadera diferencia entre ellos resulta obvia. Un grupo, había mantenido viva la esperanza y había hecho la preparación espiritual adecuada. Con esta parábola, Jesús quiso enseñarles a sus discípulos que la experiencia cristiana no debe basarse en las emociones ni en el entusiasmo, sino en una confianza constante en la gracia de Dios y la perseverancia en la fe, aun cuando no haya evidencias tangibles del cumplimiento de las promesas de Dios. Jesús nos invita aún hoy a “velar” y estar listos en todo momento para su venida.

Aunque nuestro nombre, “adventista del séptimo día”, testifique de cuán importante es la Segunda Venida para nosotros, ¿cómo podemos, en el ámbito personal, tener siempre presente su realidad? ¿Cómo hacer, a medida que pasan los años, para no cometer el error del que Jesús advirtió en la parábola de las diez vírgenes?

EL MINISTERIO DE JESÚS EN EL SANTUARIO CELESTIAL

En el Antiguo Testamento, Dios instruyó a Moisés con el fin de que construyera un tabernáculo, o santuario, para que él “habite” aquí en la Tierra (Éxo. 25:8, NVI). Mediante sus servicios, el santuario fue donde se le enseñó al pueblo de Israel el plan de salvación. Más adelante, en la época del rey Salomón, el tabernáculo portátil fue reemplazado por un magnífico templo (1 Rey. 5-8). Tanto el tabernáculo como el templo tomaron como modelo el Santuario celestial, el “verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:2; ver además Éxo. 25:9, 40).

En toda la Biblia, se da por sentado que hay un Santuario celestial, que es la morada principal de Dios. Los servicios del santuario terrenal eran “miniprofecías” del plan de salvación y del ministerio sacerdotal de Jesús en el cielo.

Lee Hebreos 8:6; 9:11, 12 y 23 al 28; y 1 Juan 1:9 al 2:2. ¿Qué nos enseñan estos pasajes acerca del ministerio sacerdotal de Jesús en el cielo?

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Desde su ascensión, el Santuario celestial es el lugar donde Cristo lleva a cabo su ministerio sacerdotal para nuestra salvación (ver Heb. 7:25). Por lo tanto, se nos anima a “acer[carnos…] confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).

Así como el tabernáculo terrenal tenía dos fases en su ministerio sacerdotal (primero, cada día, en el Lugar Santo; y luego, una vez al año, en el Lugar Santísimo), las Escrituras también describen estas dos fases del ministerio de Jesús en el cielo. Su ministerio en el Lugar Santo en el cielo se caracteriza por la intercesión, el perdón, la reconciliación y la restauración. Los pecadores arrepentidos tienen acceso inmediato al Padre a través de Jesús, el mediador (1 Juan 2:1). Desde 1844, el ministerio de Jesús en el Lugar Santísimo se ocupa de los aspectos del juicio y la purificación que se realizaban una vez al año en el Día de la Expiación (Lev. 16). El ministerio de purificación del Santuario también se basa en la sangre derramada por Jesús. La expiación que se realizaba ese día prefiguraba la aplicación final de los méritos de Cristo para eliminar la presencia del pecado y lograr la reconciliación completa del universo en un solo gobierno armonioso bajo la soberanía de Dios. La doctrina de este ministerio en dos fases es una contribución adventista peculiar para interpretar todo el plan de salvación.

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