Escuela Sabática

LAS OFRENDAS DE GRATITUD | Lección 09: Para el 03 de marzo de 2018

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 6:19-21; Efesios 2:8; 1 Pedro 4:10; Lucas 7:37-47; 2 Corintios 8:8-15; 2 Corintios 9:6, 7.

PARA MEMORIZAR:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Nuestro Dios es un Dios que da; esta gran verdad se ve intensamente en el sacrificio de Jesús. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). O en este versículo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Luc. 11:13).

Dios da más y más; es su carácter. Por lo tanto, los que procuramos reflejar ese carácter también necesitamos dar. Es difícil imaginarse una contradicción de términos más paradojal que la de “un cristiano egoísta”.

Una forma de devolver lo que hemos recibido es a través de las ofrendas. Nuestras ofrendas nos brindan la oportunidad de expresar gratitud y amor. El día en que Jesús les dé la bienvenida a los redimidos en el cielo, veremos a aquellos que aceptaron su gracia y reconoceremos que esas decisiones fueron posibles gracias a nuestras ofrendas de sacrificio.

Esta semana analizaremos aspectos importantes de las ofrendas. Dar generosamente, ya sea de nuestros recursos, tiempo o talentos, es un medio poderoso de vivir nuestra fe y de revelar el carácter del Dios a quien servimos.

“DONDE ESTÉ VUESTRO TESORO”

Lee Mateo 6:19 al 21. Aunque estamos muy familiarizados con estos textos, ¿cómo podemos librarnos de la in uencia poderosa que los tesoros terrenales puedan tener sobre nosotros? (Ver Col. 3:1, 2.)

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“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mat. 6:21) es un llamado de Jesús. La magnitud total de esta a rmación se puede ver en los dos versículos anteriores, que contraponen la acumulación de tesoros en la tierra con su acumulación en el cielo. Tres palabras describen la tierra: las polillas, el óxido y los ladrones (ver Mat. 6:19); todas sugieren cuán temporal y transitorio es nuestro tesoro terrenal. ¿Quién no ha descubierto con cuánta rapidez pueden desaparecer las cosas terrenales? “En la tierra todo es inestable, incierto e inseguro; está sujeta al deterioro, la destrucción, el robo y la pérdida. El cielo es lo contrario: todo es eterno, duradero, seguro e imperecedero. En el cielo no hay ninguna pérdida” (C. A. Alexe, “Where Your Heart Belongs” [Donde está tu corazón], p. 22).
Fíjate en tus posesiones. Incluso si tienes muy poco, tarde o temprano la mayor parte se perderá. La excepción podría ser una reliquia. Pero un mayor- domo sabio debiera preocuparse de hacer tesoros en el cielo para salvaguar- darlos. Allí, a diferencia de aquí, no tiene que preocuparse de la recesión, de los ladrones ni de los saqueadores.
Mateo 6:19 al 21 contiene uno de los conceptos más importantes sobre mayordomía. Tu tesoro jala, tironea, coacciona, atrae, exige, seduce y desea controlar tu corazón. En el mundo material tu corazón va detrás de tu tesoro, así que es de suma importancia el lugar donde está tu tesoro. Cuanto más nos enfocamos en las necesidades y las ganancias terrenales, más difícil se hace pensar en los asuntos celestiales.
Es hipócrita profesar que creemos en Dios y acumular tesoros aquí en la tierra. Nuestras acciones deben coincidir con lo que decimos. En otras palabras, con los ojos vemos nuestros tesoros en la tierra, pero por la fe debemos considerar que nuestras ofrendas son tesoros en el cielo (2 Cor. 5:7). Aunque, por supuesto, necesitamos ser prácticos y proveer para nuestras necesidades (incluso para la jubilación), es fundamental que siempre tengamos en mente la perspectiva general, la eternidad.

Lee Hebreos 10:34. ¿Qué destaca Pablo aquí sobre el contraste entre los tesoros en la tierra y los tesoros en el cielo?

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MAYORDOMOS DE LA GRACIA DE DIOS

Según Efesios 2:8, ¿qué más nos ha dado Dios?__________________________________________________________________________________________________________________

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La gracia es un “favor inmerecido”. Es un regalo que no merecemos. Dios ha derramado su gracia sobre este planeta y, si no la rechazamos, su gracia nos alcanzará y transformará nuestra vida, ahora y por la eternidad. Toda la riqueza y poder del cielo se encarna en el don de la gracia (2 Cor. 8:9). Incluso los ángeles se asombran de este don supremo (1 Ped. 1:12).
No caben dudas: de todo lo que Dios nos da, la gracia que nos es dada en Jesucristo es el don más precioso de todos. Sin gracia, estaríamos sin esperanza. El doloroso impacto del pecado sobre la humanidad es demasiado grande para que los seres humanos alguna vez puedan liberarse de él. Ni siquiera la obediencia a la ley de Dios podría traernos vida. “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivi car, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gál. 3:21). Al fin y al cabo, si hubiese alguna ley que pudiera salvarnos, esa sería la ley de Dios. Pero Pablo dice que ni siquiera eso puede hacer la ley. Si hemos de ser salvos, tendría que ser por gracia.

Lee 1 Pedro 4:10. ¿Cómo se relaciona la mayordomía con la gracia? Expli­ca de qué manera el hecho de dar a Dios y a los demás demuestra su gracia.

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Pedro dijo que, así como hemos recibido el don de la gracia de Dios, a cambio debemos ser “administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Ped. 4:10). Es decir, Dios nos ha dado dones. Por lo tanto, necesitamos devolver lo que se nos ha dado. Lo que hemos recibido, por gracia, no es solo para complacernos y bene ciarnos a nosotros mismos, sino para promover el evangelio. Recibimos gratuitamente (de eso se trata la gracia); entonces, gratuitamente debemos dar cuanto podamos.

Piensa en todo lo que has recibido de Dios. Entonces ¿de qué manera puedes ser un mayordomo de la gracia que has recibido tan libremente?

NUESTRA MEJOR OFRENDA

Lee Lucas 7:37 al 47. ¿Qué nos enseña esta historia acerca de la moti­vación adecuada para ofrendarle a Dios?

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María entró en la habitación y vio que Jesús estaba recostado a la mesa. Rompió el recipiente de alabastro de costoso nardo y lo derramó sobre él. Algunos pensaban que su acto era inadecuado, considerando que la vida que llevaba era ilícita.
Pero María había sido liberada de la posesión demoníaca (Luc. 8:2). Más adelante, después de presenciar la resurrección de Lázaro, rebosaba de gratitud. El perfume era la posesión más valiosa que poseía, y fue su manera de demostrarle gratitud a Jesús.
Esta historia capta cuál debiera ser nuestra verdadera motivación al dar nuestras ofrendas: la gratitud. A fin de cuentas, ¿qué otra respuesta debiéramos ofrecer por el inestimable don de la gracia de Dios? Su generosidad también nos impulsa a dar, y junto con nuestra gratitud, ambos constituyen los ingredientes de las ofrendas significativas, incluyendo el tiempo, los talentos, los tesoros y el cuerpo.

Lee Éxodo 34:26; Levítico 22:19 al 24; y Números 18:29. Si bien el contexto es completamente diferente al actual, ¿qué principio podemos sacar de estos versículos en relación con nuestras ofrendas?

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Nuestras mejores ofrendas pueden parecer insu cientes a nuestra vista, pero son signi cativas a la vista de Dios. Darle a Dios lo mejor muestra que lo ponemos en primer lugar en nuestra vida. No damos ofrendas para recibir favores. Damos lo que tenemos en gratitud por lo que recibimos en Cristo Jesús.
“Una devoción y generosidad absolutas, impulsadas por un amor agradecido, impartirán a la más pequeña ofrenda, al sacrificio voluntario, una fragancia divina que hará inestimable el don. Pero después de haber entregado voluntariamente a nuestro Redentor todo lo que podemos darle, por valioso que sea para nosotros, si consideramos nuestra deuda de gratitud a Dios tal cual es en realidad, todo lo que podamos haber ofrecido nos parecerá muy insigni cante y pobre. Pero los ángeles toman estas ofrendas que a nosotros nos parecen deficientes, y las presentan como una fragante oblación delante del trono, y son aceptadas” (TI 3:436).

LAS MOTIVACIONES DEL CORAZÓN

En una lección anterior mencionamos la historia de la generosa ofrenda de la viuda. Aunque era minúscula en comparación con las demás ofrendas, era generosa porque mostraba la verdadera naturaleza del carácter y el corazón de la viuda, lo que llevó a Jesús a decir: “Esta viuda pobre echó más que todos” (Luc. 21:3).
Solo Dios (Sant. 4:12) conoce nuestros verdaderos motivos (Prov. 16:2; ver también 1 Cor. 4:5). Es posible realizar acciones correctas por motivos equivocados. Dar de la abundancia no requiere mucha fe, pero dar con sacrificio por el bien de los demás sin duda puede decir algo muy poderoso sobre nuestro corazón.
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Lee 2 Corintios 8:8 al 15. ¿De qué está hablando Pablo aquí acerca de dar y los motivos para dar? ¿Qué principios podemos tomar de estos versículos en relación con la mayordomía?

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Cualquiera sea el motivo que tengas para dar, este se encuentra en una línea continua que va del ego al altruismo. La lucha en esta línea continua entre el egoísmo y la dadivosidad se presenta con más frecuencia que cualquier otra lucha espiritual. El egoísmo enfriará un corazón que alguna vez ardía por Dios. El problema existe cuando permitimos que el egoísmo entre en nuestra experiencia cristiana. Es decir, encontramos formas de justificar nuestro egoísmo y hacerlo en el nombre de Cristo.
Lo esencial se reduce a una sola palabra: amor. Y el amor no puede manifestarse sin abnegación, la voluntad de dar de uno mismo, incluso con sacri cio, por el bien de los demás.
A menos que el amor de Dios se re eje en nuestra vida, nuestra dadivosidad no re ejará el amor de Dios. Un corazón egoísta tiende a amarse solo a sí mismo. Debemos pedirle al Señor que “circuncid[e]” “el prepucio de [n]uestro corazón” (Deut. 10:16) para que podamos aprender a amar como hemos sido amados.
El amor, la base de toda verdadera bene cencia, capta la suma de toda la benevolencia cristiana. El amor que Dios nos imparte, a su vez nos inspira a amar, y en verdad es el motivo supremo para dar.

¿Qué es lo malo de dar una ofrenda voluntaria más por un sentimiento de obligación que por un sentimiento de amor?

LA EXPERIENCIA DE DAR

Si Cristo vino a revelarnos el carácter de Dios, hay algo que debería ser evidente: que Dios nos ama, y que solo quiere lo mejor para nosotros. Él nos pide que hagamos solamente lo que es para nuestro bene cio, nunca para perjudicarnos. Esto también incluiría su llamado a ser dadores generosos y alegres de lo que hemos recibido. Las ofrendas voluntarias y generosas que damos son tanto para nuestro bene cio, como para quienes las reciben. Solo quienes dan de esta manera pueden saber por experiencia propia cuánto más dicha hay en dar que en recibir.

Lee 2 Corintios 9:6 y 7. ¿Cómo condensa este pasaje de qué se trata el dar?

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Dar una ofrenda generosa puede y debe ser un acto espiritual muy personal. Es una obra de fe, una expresión de gratitud por lo que recibimos en Cristo.
Y como con cualquier acto de fe, el dar solo aumenta la fe, porque “la fe sin obras es muerta” (Sant. 2:20). Y no hay mejor manera de aumentar la fe que vivir nuestra fe. Esto significa hacer las cosas que proceden de nuestra fe, que brotan de ella. A medida que damos, en forma voluntaria y generosa, a nuestro modo estamos re ejando el carácter de Cristo. Estamos aprendiendo más acerca de lo que es Dios al experimentarlo en nuestros propios actos. Por lo tanto, dar de este modo solo aumenta la confianza en Dios y la oportunidad de “gusta[r], y ve[r] que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (Sal. 34:8).
“Se verá que la gloria que resplandece en el rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado. A la luz del Calvario se verá que la ley del amor autorrenun- ciante es la ley de vida para la tierra y el cielo; que el amor que ‘no busca lo suyo’ tiene su fuente en el corazón de Dios; y que en el Manso y Humilde se manifestó el carácter del que mora en la luz a la que ningún hombre puede acceder” (DTG 11).

¿De qué modo experimentaste la realidad de cómo crece la fe al dar en forma volunta- ria y generosa de lo que recibiste?

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

“El espíritu de liberalidad es el espíritu del cielo. El espíritu de egoísmo es el espíritu de Satanás. El amor abnegado de Cristo se revela en la cruz. Él dio todo lo que tenía, y luego se entregó a sí mismo, para que el hombre pudiera ser salvo. La cruz de Cristo apela a la benevolencia de cada seguidor del bendito Salvador. El principio ilustrado allí es dar, dar. Si esto se realiza con verdadera benevolencia y buenas obras es el verdadero fruto de la vida cristiana. El prin- cipio de los mundanos es conseguir, obtener, y así esperan lograr la felicidad; pero cuando este principio ha dado todos sus frutos, se ve que solo engendra miseria y muerte” (R&H, 17 de octubre de 1882).

 

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

1. ¿Qué es lo que hace que el egoísmo sea tan contrario al espíritu de Cristo? ¿Qué cosas conscientes podemos hacer que nos ayuden a protegernos de lo que es una actitud tan natural para un ser humano caído?

2. “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Cor. 9:7). La palabra griega traducida como “alegre” aparece solo una vez en el Nuevo Testamento y es de la que obtenemos la palabra “hilarante” en español. ¿Qué debiera decirnos esto sobre nuestra actitud al dar?

3. Haz una lista de todo lo que has recibido en Cristo. Ora al respecto. ¿Qué debiera enseñarte esta lista acerca de por qué debemos dar en respuesta a lo que recibimos? Al mismo tiempo, ¿qué te enseña tu lista sobre cómo incluso nuestros mejores donativos, dados por los mejores motivos, pueden parecer tan insigni cantes ante lo que hemos recibido?

4. ¿Por qué el egoísmo nos garantiza que llegaremos a ser miserables?

5. Piensa en alguien de la familia de tu iglesia que esté pasando por algún tipo de necesidad en este momento. ¿Qué podrías hacer, incluso ahora mismo, que pudiera llegar a satisfacer la necesidad de esta persona? ¿Qué puedes hacer, incluso si esto implica un penoso sacri cio de tu parte?

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