Escuela Sabática

¿DIOS O MAMÓN? | Lección 03: Para el 20 de enero de 2018

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Salmo 33:6-9; Mateo 19:16-22; 1 Pedro 1:18; Hebreos 2:14, 15; Éxodo 9:14; Salmo 50:10.

PARA MEMORIZAR:

“Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua con ese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11).

Dios no desperdicia palabras al explicar su perspectiva sobre la obsesión excesiva con el dinero y las cosas materiales. Las palabras de Cristo al rico codicioso que, aunque el Señor lo bendecía, atesoraba y atesoraba

lo que tenía, debieran despertar en todos nosotros el temor de Dios: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Luc. 12:20, 21).

Servir a Dios y servir al dinero son acciones mutuamente excluyentes. Es una cosa o la otra, Dios o Mamón. Es una ilusión pensar que podemos tenerlo todo a la vez, porque llevar una doble vida, tarde o temprano, nos alcanzará. Podemos engañar a los demás, tal vez incluso a nosotros mismos, pero no a Dios, a quien algún día tendremos que rendirle cuentas.

Debemos tomar una decisión y, cuanto más vacilemos, pongamos excusas o nos demoremos, más fuerte será la in uencia que el dinero y el amor al dinero ejercerán sobre nuestra alma. La fe requiere una decisión.

Lo que debiera hacer que nuestra decisión sea mucho más fácil es centrarnos en quién es Dios, lo que él ha hecho por nosotros y lo que le debemos.

CRISTO, EL CREADOR

Lee Génesis 1:1; Salmo 33:6 al 9; Isaías 45:11 y 12; Jeremías 51:15; y Juan 1:3. ¿Qué nos dicen estos versículos sobre las bondades del mundo material?

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“Fue Cristo quien extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra. Fue su mano la que colgó los mundos en el espacio y modeló las ores del campo. Él formó ‘las montañas con su fortaleza’; ‘suyo es el mar, porque él lo hizo’ (Sal. 65:6; 95:5). Fue él quien llenó la tierra con belleza y el aire con cantos. Y sobre todas las cosas en la tierra, el aire y el cielo escribió el mensaje del amor del Padre” (DTG 11, 12).
Las cosas materiales, en sí mismas, no son malas. A diferencia de algunas religiones, que enseñan que el mundo material y la materia misma son malos o malvados y que solo las cosas espirituales son buenas, la Biblia valora el mundo material.
A n de cuentas, el mismo Jesús lo creó. ¿Cómo, entonces, podría ser malo? Lamentablemente, al igual que con todos los dones de Dios, puede pervertirse y usarse para el mal, pero eso no hace que el don original sea malo. La Biblia advierte contra el abuso y la perversión de las cosas que Dios ha creado en este mundo, pero no contra las cosas en sí.
Al contrario, Dios creó el mundo material, y quería que su pueblo disfru- tara de los frutos y bene cios de este mundo también: “Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa, así tú como el levita y el extranjero que está en medio de ti” (Deut. 26:11; ver también Deut. 14:26).
Jesús es el Creador (Juan 1:1-3), y la tierra es una mera muestra de lo que ha hecho. Su capacidad creadora le da una perspectiva única sobre la vida misma y sobre los que viven en ella. Él conoce el valor de las cosas materiales; y nos las dio para nuestro bene cio y aun para nuestro deleite. Dios también sabe qué sucede cuando la humanidad pervierte esos dones, o incluso los convierte esos dones en un n en sí mismo, siendo que esos dones, al igual que con todas las cosas, estaban destinados a ser usados para glori car a Dios.

Contempla a tu alrededor las increíbles bondades del mundo creado. Incluso des- pués de los estragos del pecado, todavía podemos ver la bondad inherente en gran parte de él. ¿Qué nos dice la bondad del mundo creado acerca de la bondad de su Creador?

HIJO DE DIOS / HIJO DEL HOMBRE

Como cristianos, creemos que Jesús era completamente Dios y completa- mente humano. Esta unión de lo divino y lo humano hace que su perspectiva sea única en cuanto a lo que es importante en la tierra y lo que es importante para la eternidad. El hecho de que no podamos comprender cómo fue posible que Jesús tuviera una naturaleza divino-humana no anula esta verdad, así como el hecho de que alguien no entienda aerodinámica tampoco puede im- pedir que un avión vuele.
“Aquí hay dos misterios por el precio de uno: la pluralidad de personas dentro de la unidad de Dios, y la unión de la Deidad y la humanidad en la per- sona de Jesús […]. No existe nada en la cción que sea tan fantástico como esta verdad de la encarnación” (J. I. Packer, Knowing God [Conociendo a Dios], p. 53).
Una de las razones por las que Jesús vino a este mundo fue para mostrarnos cuán amoroso y cariñoso es Dios, y cuánto nos cuida a cada uno. Lejos de ser una deidad fría y lejana, como algunos creían, Jesús reveló el verdadero carácter de nuestro Padre celestial.
Sin embargo, Satanás ha tratado de separar a los seres humanos de Dios. Ha tratado de despersonalizarlo, representándolo como alguien que no se preocupa por nosotros. Él hace todo lo posible, por todos los medios, para que no lleguemos a conocer ni experimentar la realidad de la bondad y la gracia de Dios. Un amor desmedido por las cosas materiales es una de las tácticas de Satanás, para lograr este n, que funciona bien.

Lee Mateo 19:16 al 22. ¿Qué nos dice esta historia sobre el modo en que Satanás puede usar nuestro amor por las cosas materiales para mante­ nernos alejados del Señor?
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Imagínate a Jesús mismo, Dios hecho carne, hablándole a este joven que, obviamente, sabía que Jesús era alguien especial. Y sin embargo, ¿qué pasó? Permitió que su gran riqueza, su amor por las cosas materiales, lo separaran de la misma persona de Dios. El amor al mundo y a las cosas materiales lo cegaron tanto que, aunque estaba triste, esa tristeza no fue su ciente para impulsarlo a hacer lo correcto. No estaba triste porque perdería sus posesiones (no las perdió). Se entristeció porque estaba perdiendo su alma por esas cosas.

Ya sea que seamos ricos o pobres, ¿de qué forma podemos asegurarnos de mante- ner una relación correcta con las cosas de este mundo?

CRISTO, EL REDENTOR

El endeudamiento no es un principio del Cielo. Pero Adán y Eva pecaron y la transgresión de una ley implicó la muerte. Así, la humanidad se convirtió en deudora de la justicia divina. Estábamos en quiebra, espiritualmente insolventes por causa de una deuda que nunca podríamos pagar.
El amor de Dios por nosotros puso en marcha el plan de redención. Jesús se convirtió en una “garantía” para nosotros (Heb. 7:22). La identidad de Cristo como Redentor es lo que revela la transacción más importante jamás realizada. Solo el sacri cio de su vida podía lograr el pago requerido por la justicia divina. Cuando la justicia y la misericordia se abrazaron en la cruz, Jesús pagó la deuda de pecado que debíamos pagar nosotros. El universo nunca había visto ni presenciado la manifestación de esa riqueza que se usó para pagar la redención de la humanidad (Efe. 5:2).
“Al derramar todos los tesoros del cielo en este mundo, al darnos en Cristo todo el cielo, Dios ha comprado la voluntad, los afectos, la mente y el alma de cada ser humano” (PVGM, 261, 262).

Lee cada uno de los siguientes versículos y enumera de qué nos ha sal­ vado Cristo. Col. 1:13; 1 Tes. 1:10; 1 Ped. 1:18; Heb. 2:14, 15; Gál. 3:13; Apoc. 1:5.

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La palabra griega tetelestai, en Juan 19:30, se ha dado en llamar la palabra más importante que jamás se haya pronunciado. Significa “se cumplió”, y es la última declaración que Jesús hizo en la cruz. Su declaración nal signi có que su misión estaba cumplida y que nuestra deuda “se pagó en su totalidad”. Él no lo expresó como alguien sin esperanza, sino como quien logró la redención de un mundo perdido. La cruz de la redención revela un acontecimiento pasado, con un efecto presente y una esperanza futura. Jesús dio su vida para destruir el pecado, la muerte y las obras del diablo de una vez por todas. Esto signi ca que, aunque no lo merecemos, somos redimidos (Efe. 1:7). Vislumbrar las maravillas de la salvación es pisar tierra santa.
Cristo como Redentor es la imagen más sublime de Dios. Su interés supremo es redimirnos. Esto revela su perspectiva hacia la humanidad y, especialmente, muestra lo mucho que Jesús valora el hecho de tener una relación con nosotros. Con la justicia saldada, Cristo dirige su atención a nuestra respuesta a su sacrificio.

Piensa en esto: Cristo pagó la deuda, en forma total y plena, por todo el mal que tú has hecho. ¿Cuál debiera ser tu respuesta? (Ver Job 42:5, 6.)

UN DIOS CELOSO

En su confrontación con el Faraón, Dios declaró: “Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra” (Éxo. 9:14).

¿Qué quiso decir el Señor cuando dijo que “no hay otro como yo en toda la tierra”?
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“Es imposible para las mentes nitas de los hombres comprender plena- mente el carácter o las obras del In nito. Aun para el intelecto más aguzado, para la mente más poderosa y altamente educada, este Ser santo debe perma- necer siempre vestido de misterio” (TI 5:654).
Dios es sin igual (1 Rey. 8:60). Él piensa, recuerda y actúa de modos que no comprendemos. No importa cuánto intentemos hacerlo a él a nuestra propia imagen, Dios sigue siendo Dios. Él es el que hizo cada copo de nieve, cada cerebro, cada rostro y cada característica individual única, y “no hay otro” (1 Rey. 8:60). A n de cuentas, él es el Creador y, como Creador, sin duda es distinto de su creación.

¿Qué nos dicen estos versículos sobre cuánto di ere Dios de su crea­ ción? 1 Sam. 2:2; Sal. 86:8; Isa. 55:8, 9; Jer. 10:10; Tito 1:2.

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Cuando contemplamos todo lo que Dios es, todo lo que posee y todo lo que hace, es llamativo que pudiera tener competidores. Sin embargo, es así en el sentido de que tiene que “competir” por el amor y el afecto de los seres humanos. Tal vez por eso dice que es un Dios “celoso” (Éxo. 34:14). Dios creó a los seres humanos para que fuesen libres, lo que signi ca que tenemos la opción de servirle a él o a cualquier otro. Ese ha sido, en muchos sentidos, el principal problema humano: decidir servir a otros dioses, independientemente de su forma, en lugar de servir al único Dios digno de servir, a quien creó todo el universo y es el dueño. Por eso, indudablemente, es un Dios celoso.

¿Qué hay en tu vida (en caso de que haya algo) que compita con Dios por tus afectos?

EL VERDADERO SENTIDO DE PROPIEDAD

Pertenecemos a Dios tanto por creación como por redención. Y no solo nosotros pertenecemos a Dios, sino que todas nuestras posesiones también le pertenecen. Nosotros, por nosotros mismos, no poseemos nada más que nuestras propias decisiones.
Un elemento central de la mundanalidad, en contraste, es la idea de que somos dueños de nuestras posesiones. Sin embargo, esto es un engaño. Cuando los cristianos pensamos que somos los dueños absolutos de nuestras pose- siones, creemos algo contrario a lo que enseña la Palabra de Dios.
Dios, no nosotros, es el dueño de todo (Job 38:4-11). Nosotros somos mera- mente forasteros y arrendatarios (Lev. 25:23), así como los israelitas vivían en la Tierra Prometida. Incluso dependemos de Dios para nuestra próxima respi- ración (Hech. 17:25). Él es el dueño de lo que creemos que es nuestro. No somos más que sus mayordomos y, como tales, debemos administrar las posesiones tangibles e incluso las intangibles para la gloria de Dios.

Enumera, según los siguientes versículos, las cosas que Dios posee. Deut. 10:14; Sal. 50:10; 104:16; Eze. 18:4; Hag. 2:8; 1 Cor. 6:19, 20.

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¿Qué nos dicen estos textos sobre cómo deberíamos considerar las cosas materiales que tenemos en nuestro poder?

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“Todas las cosas pertenecen a Dios. Los hombres pueden ignorar sus de- rechos. Mientras él derrama abundantemente sus bendiciones sobre ellos, pueden utilizar sus dones para su propia grati cación egoísta; pero serán llamados a rendir cuentas de su mayordomía” (TI 9:198).
El hecho de que Dios sea el dueño y nosotros seamos los mayordomos exige una relación en la que él pueda usarnos en la preparación para el cielo, y para bene cio y bendición de los demás. Pero los mayordomos in eles pueden restringir el acceso del Propietario a sus posesiones. Como vimos ayer, Dios no fuerza su voluntad sobre nosotros. Él nos creó y nos dio posesiones en este mundo para que las administremos para él hasta que regrese. Lo que hacemos con ellas re eja el tipo de relación que tenemos con él.

Piensa detenidamente en lo que signi ca el hecho de que, en realidad, no eres due- ño de ninguna de las cosas que posees, sino que le pertenecen a Dios. ¿Qué debería decirte esto acerca del modo en que tienes que relacionarte con tus posesiones?

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

La mayordomía, tal como la entendemos, comenzó cuando Dios puso a Adán y a Eva en un jardín hermoso que debían cuidar y gobernar (Gén. 2:15). En este ambiente perfecto, debían hacer que el jardín fuese habitable, una tarea que no debió de haber sido tan difícil. Dios aprobó la nueva función de ellos y los puso al tanto de su responsabilidad. Cuidar del Edén le daría sentido y traería felicidad a la nueva familia.

El verbo hebreo para “dominio” (Gén. 1:26, 28) signi ca “poner bajo control y gobernar”. Dado el contexto, este no era un dominio severo, sino un gobierno benevolente al cuidado de la creación de Dios. Esta responsabilidad no ha cesado. En ese lugar, Adán y Eva debían aprender que Dios era el Dueño, y ellos eran sus administradores, o mayordomos. Desde el principio, Dios quiso que Adán y Eva ocuparan puestos de responsabilidad y con anza, pero no como dueños. Debían demostrarle a Dios que eran eles a su cometido.

“A Adán y a Eva se les dio el jardín del Edén para que lo cuidaran. Debían ‘labrar[lo] y guardar[lo]’. Eran felices en su trabajo. Su mente, corazón y voluntad actuaban en perfecta armonía. En su trabajo no se cansaban ni se fatigaban. Sus horas estaban llenas de trabajo útil y de comunión entre sí. Su ocupación era agradable. Dios y Cristo los visitaban y hablaban con ellos. Se les dio libertad total […]. Dios era el dueño de su hogar en el Edén. Ellos lo mantenían para él” (MR 10:327).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

1. ¿Qué nos enseña el hecho de que Dios es el dueño del mundo acerca de nuestra responsabilidad básica hacia el medioambiente? Si bien debemos evitar el fanatismo político de algunos ecologistas que adoran la creación misma, ¿cuál debe ser nuestra actitud, como cristianos, hacia el cuidado del ambiente?

2. Re exiona en la idea de Dios como un Dios “celoso”. No siempre es un concepto fácil de entender, especialmente porque, en términos humanos, consideramos que los celos son algo malo, algo que hay que evitar. No obstante, ¿cómo podemos entender esta idea cuando se aplica a Dios en la forma negativa en que suele transmitirla el mundo?

3. ¿De qué modo podemos aprender a distinguir entre el uso adecuado de las cosas físicas que Dios ha creado y su goce, y el abuso de esas cosas? ¿Por qué es tan importante esta distinción?

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